DOS PALABRAS Y DOS IDIOMAS - BOKIR XSHAKUR 


Te quitabas la faja de la cintura, te arrancabas las sandalias, tirabas a un

rincón tu amplia falda, de algodón, me parece, y te soltabas el nudo que te

retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan

próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente,

envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus

caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te

deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas

invencibles, me decías mil veces ven con los labios sobre los míos. En el

instante final teníamos un atisbo de completa soledad, cada uno perdido en

su quemante abismo, pero pronto resucitábamos desde el otro lado del

fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones,

bajo el mosquitero blanco. Yo te apartaba el cabello para mirarte a los

ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu chal de

seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba.

Así te recuerdo, en calma.

Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que

tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes

congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una

placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de

volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención

captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es

toda nuestra existencia, todo lo vivido y lo por vivir, todas las épocas

simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo,

donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la

penumbra, velado por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo,

pero yo soy también este que observa desde afuera. Conozco lo que siente

el hombre pintado sobre esa cama revuelta, en una habitación de vigas

oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento

de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro


tiempo de la conciencia. En el cuadro la pareja descansa después de hacer

el amor, la piel de ambos brilla húmeda. El hombre tiene los ojos cerrados,

una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en íntima

complicidad. Para mí esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia,

siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la

mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto,

siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el

mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con

igual delicadeza.

Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para

siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria.

Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el

espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace

junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y

escucho nuestras voces muy cercanas.

—Cuéntame un cuento —te digo.

—¿Cómo lo quieres?

—Cuéntame un cuento que no le hayas

 contado a nadie.


        DOS PALABRAS - BOKIR XSHAKUR


Tenía el nombre de Belisa Crepusculario, pero no por fe de bautismo o

acierto de su madre, sino porque ella misma lo buscó hasta encontrarlo y

se vistió con él. Su oficio era vender palabras. Recorría el país, desde las

regiones más altas y frías hasta las costas calientes, instalándose en las

ferias y en los mercados, donde montaba cuatro palos con un toldo de

lienzo, bajo el cual se protegía del sol y de la lluvia para atender a su

clientela. No necesitaba pregonar su mercadería, porque de tanto caminar

por aquí y por allá, todos la conocían. Había quienes la aguardaban de un

año para otro, y cuando aparecía por la aldea con su atado bajo el brazo

hacían cola frente a su tenderete. Vendía a precios justos. Por cinco

centavos entregaba versos de memoria, por siete mejoraba la calidad de

los sueños, por nueve escribía cartas de enamorados, por doce inventaba

insultos para enemigos irreconciliables. También vendía cuentos, pero no

eran cuentos de fantasía, sino largas historias verdaderas que recitaba de

corrido, sin saltarse nada. Así llevaba las nuevas de un pueblo a otro. La

gente le pagaba por agregar una o dos líneas: nació un niño, murió fulano,

se casaron nuestros hijos, se quemaron las cosechas. En cada lugar se

juntaba una pequeña multitud a su alrededor para oírla cuando comenzaba

a hablar y así se enteraban de las vidas de otros, de los parientes lejanos,

de los pormenores de la Guerra Civil. A quien le comprara cincuenta

centavos, ella le regalaba una palabra secreta para espantar la melancolía.


No era la misma para todos, por supuesto, porque eso habría sido un

engaño colectivo. Cada uno recibía la suya con la certeza de que nadie más

la empleaba para ese fin en el universo y más allá.

Belisa Crepusculario había nacido en una familia tan mísera, que ni

siquiera poseía nombres para llamar a sus hijos. Vino al mundo y creció en

la región más inhóspita, donde algunos años las lluvias se convierten en

avalanchas de agua que se llevan todo, y en otros no cae ni una gota del

cielo, el sol se agranda hasta ocupar el horizonte entero y el mundo se

convierte en un desierto. Hasta que cumplió doce años no tuvo otra

ocupación ni virtud que sobrevivir al hambre y la fatiga de siglos. Durante

una interminable sequía le tocó enterrar a cuatro hermanos menores y

cuando comprendió que llegaba su turno, decidió echar a andar por las

llanuras en dirección al mar, a ver si en el viaje lograba burlar a la muerte.

La tierra estaba erosionada, partida en profundas grietas, sembrada de

piedras, fósiles de árboles y de arbustos espinudos, esqueletos de animales

blanqueados por el calor. De vez en cuando tropezaba con familias que,

como ella, iban hacia el sur siguiendo el espejismo del agua. Algunos

habían iniciado la marcha llevando sus pertenencias al hombro o en

carretillas, pero apenas podían mover sus propios huesos y a poco andar

debían abandonar sus cosas. Se arrastraban penosamente, con la piel

convertida en cuero de lagarto y los ojos quemados por la reverberación de

la luz. Belisa los saludaba con un gesto al pasar, pero no se detenía, porque

no podía gastar sus fuerzas en ejercicios de compasión. Muchos cayeron

por el camino, pero ella era tan tozuda que consiguió atravesar el infierno

y arribó por fin a los primeros manantiales, finos hilos de agua, casi

invisibles, que alimentaban una vegetación raquítica, y que más adelante

se convertían en riachuelos y esteros.

Belisa Crepusculario salvó la vida y además descubrió por casualidad

la escritura. Al llegar a una aldea en las proximidades de la costa, el viento

colocó a sus pies una hoja de periódico. Ella tomó aquel papel amarillo y

quebradizo y estuvo largo rato observándolo sin adivinar su uso, hasta que

la curiosidad pudo más que su timidez. Se acercó a un hombre que lavaba

un caballo en el mismo charco turbio donde ella saciara su sed.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—La página deportiva del periódico —replicó el hombre sin dar

muestras de asombro ante su ignorancia.

La respuesta dejó atónita a la muchacha, pero no quiso parecer

descarada y se limitó a inquirir el significado de las patitas de mosca

dibujadas sobre el papel.

—Son palabras, niña. Allí dice que Fulgencio Barba noqueó al Negro

Tiznao en el tercer round.

Ese día Belisa Crepusculario se enteró que las palabras andan sueltas

sin dueño y cualquiera con un poco de maña puede apoderárselas para

comerciar con ellas. Consideró su situación y concluyó que aparte de

prostituirse o emplearse como sirvienta en las cocinas de los ricos, eran

pocas las ocupaciones que podía desempeñar. Vender palabras le pareció

una alternativa decente. A partir de ese momento ejerció esa profesión y

nunca le interesó otra. Al principio ofrecía su mercancía sin sospechar que

las palabras podían también escribirse fuera de los periódicos. Cuando lo

supo calculó las infinitas proyecciones de su negocio, con sus ahorros le

pagó veinte pesos a un cura para que le enseñara a leer y escribir y con los

tres que le sobraron se compró un diccionario. Lo revisó desde la A hasta

la Z y luego lo lanzó al mar, porque no era su intención estafar a los

clientes con palabras envasadas.

Varios años después, en una mañana de agosto, se encontraba Belisa

Crepusculario en el centro de una plaza, sentada bajo su toldo vendiendo

argumentos de justicia a un viejo que solicitaba su pensión desde hacía

diecisiete años. Era día de mercado y había mucho bullicio a su alrededor.

Se escucharon de pronto galopes y gritos, ella levantó los ojos de la

escritura y vio primero una nube de polvo y enseguida un grupo de jinetes

que irrumpió en el lugar. Se trataba de los hombres del Coronel, que

venían al mando del Mulato, un gigante conocido en toda la zona por la

rapidez de su cuchillo y la lealtad hacia su jefe. Ambos, el Coronel y el

Mulato, habían pasado sus vidas ocupados en la Guerra Civil y sus

nombres estaban irremisiblemente unidos al estropicio y la calamidad. Los

guerreros entraron al pueblo como un rebaño en estampida, envueltos en

ruido, bañados de sudor y dejando a su paso un espanto de huracán.

Salieron volando las gallinas, dispararon a perderse los perros, corrieron

las mujeres con sus hijos y no quedó en el sitio del mercado otra alma

viviente que Belisa Crepusculario, quien no había visto jamás al Mulato y

por lo mismo le extrañó que se dirigiera a ella.

—A ti te busco —le gritó señalándola con su látigo enrollado y antes

que terminara de decirlo, dos hombres cayeron encima de la mujer

atropellando el toldo y rompiendo el tintero, la ataron de pies y manos y la

colocaron atravesada como un bulto de marinero sobre la grupa de la

bestia del Mulato. Emprendieron galope en dirección a las colinas.

Horas más tarde, cuando Belisa Crepusculario estaba a punto de morir

con el corazón convertido en arena por las sacudidas del caballo, sintió

que se detenían y cuatro manos poderosas la depositaban en tierra. Intentó

ponerse de pie y levantar la cabeza con dignidad, pero le fallaron las

fuerzas y se desplomó con un suspiro, hundiéndose en un sueño ofuscado.

Despertó varias horas después con el murmullo de la noche en el campo,

pero no tuvo tiempo de descifrar esos sonidos, porque al abrir los ojos se

encontró ante la mirada impaciente del Mulato, arrodillado a su lado.

—Por fin despiertas, mujer —dijo alcanzándole su cantimplora para

que bebiera un sorbo de aguardiente con pólvora y acabara de recuperar la

vida.

Ella quiso saber la causa de tanto maltrato y él le explicó que el

Coronel necesitaba sus servicios. Le permitió mojarse la cara y enseguida

la llevó a un extremo del campamento, donde el hombre más temido del

país reposaba en una hamaca colgada entre dos árboles. Ella no pudo verle

el rostro, porque tenía encima la sombra incierta del follaje y la sombra

imborrable de muchos años viviendo como un bandido, pero imaginó que

debía ser de expresión perdularia si su gigantesco ayudante se dirigía a él

con tanta humildad. Le sorprendió su voz, suave y bien modulada como la

de un profesor.

—¿Eres la que vende palabras? —pregunto.


—Para servirte —balbuceó ella oteando en la penumbra para verlo

mejor.

El Coronel se puso de pie y la luz de la antorcha que llevaba el Mulato

le dio de frente. La mujer vio su piel oscura y sus fieros ojos de puma y

supo al punto que estaba frente al hombre más solo de este mundo.

—Quiero ser Presidente —dijo él.

Estaba cansado de recorrer esa tierra maldita en guerras inútiles y

derrotas que ningún subterfugio podía transformar en victorias. Llevaba

muchos años durmiendo a la intemperie, picado de mosquitos,

alimentándose de iguanas y sopa de culebra, pero esos inconvenientes

menores no constituían razón suficiente para cambiar su destino. Lo que

en verdad le fastidiaba era el terror en los ojos ajenos. Deseaba entrar a los

pueblos bajo arcos de triunfo, entre banderas de colores y flores, que lo

aplaudieran y le dieran de regalo huevos frescos y pan recién horneado.

Estaba harto de comprobar cómo a su paso huían los hombres, abortaban

de susto las mujeres y temblaban las criaturas, por eso había decidido ser

Presidente. El Mulato le sugirió que fueran a la capital y entraran

galopando al Palacio para apoderarse del gobierno, tal como tomaron

tantas otras cosas sin pedir permiso, pero al Coronel no le interesaba

convertirse en otro tirano, de ésos ya habían tenido bastantes por allí y,

además, de ese modo no obtendría el afecto de las gentes. Su idea consistía

en ser elegido por votación popular en los comicios de diciembre.

—Para eso necesito hablar como un candidato. ¿Puedes venderme las

palabras para un discurso? —preguntó el Coronel a Belisa Crepusculario.

Ella había aceptado muchos encargos, pero ninguno como ése, sin

embargo no pudo negarse, temiendo que el Mulato le metiera un tiro entre

los ojos o, peor aún, que el Coronel se echara a llorar. Por otra parte, sintió

el impulso de ayudarlo, porque percibió un palpitante calor en su piel, un

deseo poderoso de tocar a ese hombre, de recorrerlo con sus manos, de

estrecharlo entre sus brazos.

Toda la noche y buena parte del día siguiente estuvo Belisa

Crepusculario buscando en su repertorio las palabras apropiadas para un

discurso presidencial, vigilada de cerca por el Mulato, quien no apartaba

los ojos de sus firmes piernas de caminante y sus senos virginales.

Descartó las palabras ásperas y secas, las demasiado floridas, las que

estaban desteñidas por el abuso, las que ofrecían promesas improbables,

las carentes de verdad y las confusas, para quedarse sólo con aquellas

capaces de tocar con certeza el pensamiento de los hombres y la intuición

de las mujeres. Haciendo uso de los conocimientos comprados al cura por

veinte pesos, escribió el discurso en una hoja de papel y luego hizo señas

al Mulato para que desatara la cuerda con la cual la había amarrado por los

tobillos a un árbol. La condujeron nuevamente donde el Coronel y al verlo

ella volvió a sentir la misma palpitante ansiedad del primer encuentro. Le

pasó el papel y aguardó, mientras él lo miraba sujetándolo con la punta de

los dedos.

—¿Qué carajo dice aquí? —preguntó por último.

—¿No sabes leer?

—Lo que yo sé hacer es la guerra —replicó él.

Ella leyó en alta voz el discurso. Lo leyó tres veces, para que su cliente

pudiera grabárselo en la memoria. Cuando terminó vio la emoción en los

rostros de los hombres de la tropa que se juntaron para escucharla y notó

que los ojos amarillos del Coronel brillaban de entusiasmo, seguro de que

con esas palabras el sillón presidencial sería suyo.

—Si después de oírlo tres veces los muchachos siguen con la boca

abierta, es que esta vaina sirve, Coronel —aprobó el Mulato.

—¿Cuánto te debo por tu trabajo, mujer? —preguntó el jefe.

—Un peso, Coronel.

—No es caro —dijo él abriendo la bolsa que llevaba colgada del

cinturón con los restos del último botín.

—Además tienes derecho a una ñapa. Te corresponden dos palabras

secretas —dijo Belisa Crepusculario.

—¿Cómo es eso?

Ella procedió a explicarle que por cada cincuenta centavos que pagaba

un cliente, le obsequiaba una palabra de uso exclusivo. El jefe se encogió

de hombros, pues no tenía ni el menor interés en la oferta, pero no quiso

ser descortés con quien lo había servido tan bien. Ella se aproximó sin


prisa al taburete de suela donde él estaba sentado y se inclinó para

entregarle su regalo. Entonces el hombre sintió el olor de animal montuno

que se desprendía de esa mujer, el calor de incendio que irradiaban sus

caderas, el roce terrible de sus cabellos, el aliento de yerbabuena

susurrando en su oreja las dos palabras secretas a las cuales tenía derecho.

—Son tuyas, Coronel —dijo ella al retirarse—. Puedes emplearlas

cuanto quieras.

El Mulato acompañó a Belisa hasta el borde del camino, sin dejar de

mirarla con ojos suplicantes de perro perdido, pero cuando estiró la mano

para tocarla, ella lo detuvo con un chorro de palabras inventadas que

tuvieron la virtud de espantarle el deseo, porque creyó que se trataba de

alguna maldición irrevocable.

En los meses de setiembre, octubre y noviembre el Coronel pronunció su

discurso tantas veces, que de no haber sido hecho con palabras refulgentes

y durables el uso lo habría vuelto ceniza. Recorrió el país en todas

direcciones, entrando a las ciudades con aire triunfal y deteniéndose

también en los pueblos más olvidados, allá donde sólo el rastro de basura

indicaba la presencia humana, para convencer a los electores que votaran

por él. Mientras hablaba sobre una tarima al centro de la plaza, el Mulato

y sus hombres repartían caramelos y pintaban su nombre con escarcha

dorada en las paredes, pero nadie prestaba atención a esos recursos de

mercader, porque estaban deslumbrados por la claridad de sus

proposiciones y la lucidez poética de sus argumentos, contagiados de su

deseo tremendo de corregir los errores de la historia y alegres por primera

vez en sus vidas. Al terminar la arenga del Candidato, la tropa lanzaba

pistoletazos al aire y encendía petardos y cuando por fin se retiraban,

quedaba atrás una estela de esperanza que perduraba muchos días en el

aire, como el recuerdo magnífico de un cometa. Pronto el Coronel se

convirtió en el político más popular. Era un fenómeno nunca visto, aquel

hombre surgido de la guerra civil, lleno de cicatrices y hablando como un

catedrático, cuyo prestigio se regaba por el territorio nacional

conmoviendo el corazón de la patria. La prensa se ocupó de él. Viajaron de

lejos los periodistas para entrevistarlo y repetir sus f rases, y así creció el

número de sus seguidores y de sus enemigos.

—Vamos bien, Coronel —dijo el Mulato al cumplirse doce semanas de

éxito.

Pero el candidato no lo escuchó. Estaba repitiendo sus dos palabras

secretas, como hacía cada vez con mayor frecuencia. Las decía cuando lo

ablandaba la nostalgia, las murmuraba dormido, las llevaba consigo sobre

su caballo, las pensaba antes de pronunciar su célebre discurso y se

sorprendía saboreándolas en sus descuidos. Y en toda ocasión en que esas

dos palabras venían a su mente, evocaba la presencia de Belisa

Crepusculario y se le alborotaban los sentidos con el recuerdo del olor

montuno, el calor de incendio, el roce terrible y el aliento de yerbabuena,

hasta que empezó a andar como un sonámbulo y sus propios hombres

comprendieron que se le terminaría la vida antes de alcanzar el sillón de

los presidentes.

—¿Qué es lo que te pasa, Coronel? —le preguntó muchas veces el

Mulato, hasta que por fin un día el jefe no pudo más y le confesó que la

culpa de su ánimo eran esas dos palabras que llevaba clavadas en el

vientre.

—Dímelas, a ver si pierden su poder —le pidió su fiel ayudante.

—No te las diré, son sólo mías —replicó el Coronel. Cansado de ver a

su jefe deteriorarse como un condenado a muerte el Mulato se echó el fusil

al hombro y partió en busca de Belisa Crepusculario. Siguió sus huellas

por toda esa vasta geografía hasta encontrarla en un pueblo del sur,

instalada bajo el toldo de su oficio, contando su rosario de noticias. Se le

plantó delante con las piernas abiertas y el arma empuñada.

—Tú te vienes conmigo —ordenó.

Ella lo estaba esperando. Recogió su tintero, plegó el lienzo de su

tenderete, se echó el chal sobre los hombros y en silencio trepó al anca del

caballo. No cruzaron ni un gesto en todo el camino, porque al Mulato el

deseo por ella se le había convertido en rabia y sólo el miedo que le

inspiraba su lengua le impedía destrozarla a latigazos. Tampoco estaba

dispuesto a comentarle que el Coronel andaba alelado, y que lo que no

habían logrado tantos años de batallas lo había conseguido un

encantamiento susurrado al oído. Tres días después llegaron el

campamento y de inmediato condujo a su prisionera hasta el candidato,

delante de toda la tropa.

—Te traje a esta bruja para que le devuelvas sus palabras, Coronel, y

para que ella te devuelva la hombría —dijo apuntando el cañón de su fusil

a la nuca de la mujer.

El Coronel y Belisa Crepusculario se miraron largamente, midiéndose

desde la distancia. Los hombres comprendieron entonces que ya su jefe no

podía deshacerse del hechizo de esas dos palabras endemoniadas, porque

todos pudieron ver los ojos carnívoros del puma tornarse mansos cuando

ella avanzó y le tomó la mano.